miércoles, 30 de julio de 2014

Como todas las mañanas

Como todas las mañanas de este verano apacible y no tan desértico como muchos de sus predecesores, me levanto tarde. He perdido el control del sueño, como siempre lo pierdo en cuanto me descuido un poco, y mi cuerpo me dicta los pasos a seguir.

No puedo achacarle al calor mis desavenencias con las horas de la cama. Quizás sea mi propia naturaleza la que me empuje a esta noche perpetua en la que me sumerjo, debo decir, que con agrado. Siempre he pensado que, de noche, el mundo es más pequeño, y ahora entiendo que yo solo sé ir por caminos estrechos y mal iluminados.

El caso es que no hago nada en todo el día. Nada que se pueda plasmar en una novela de éxito, nada que se pueda contar a desconocidos vagamente familiares ni a familiares vagamente desconocidos. Nada que rellene una conversación medio sensata entre dos adultos responsables y coherentes. Nada.

Y sin embargo paso las venticuatro horas del día, y digo venticuatro porque me temo que también durante mis sueños me dedico al fantaseo, imaginando situaciones, sucesos, conversaciones, rostros... Me dedico a "vivir" en mis propias carnes, muertes, enfermedades, rupturas, éxitos, idilios, sexo y un buen número más de anécdotas imposibles que no se pueden contar.

Porque la vida por dentro es la vida o, al menos, mi vida, la vivo intensamente durante las horas lentas que rellenan estos días de espera. Pero no puedo contar mi vida a nadie, ni siquiera a ti, porque no es la verdad verdadera que todo el mundo reclama con la devoción de una fe a la que aferrarse.

No es ni cierta ni falsa, solo es mi vida conmigo, el modo que tengo que pensar, de sentir y de contarme a mí mismo todas las mentiras que necesito para averiguar hacia dónde quiero caminar.

Como todas las mañanas, y todas las tardes, y todas las noches, una de mis dedicaciones consiste en intentar encontrar algo de esa vida que pueda decirte por teléfono. Pero a duras penas encuentro algo que no me dé pudor contarte; a duras penas encuentro algo que no me dé un miedo atroz explicarte; a duras penas encuentro algo de mí que decirte sin llamar a la decepción.

Conociste más de mí cuando escribía para nadie que cuando hablo contigo. Me duele la veracidad de esa afirmación y, sin embargo, no se me ocurre otra manera de vivir más cerca del escaparate.

Como todas las mañanas, converso contigo sin que estés presente y luego, cuando lo estás, callo lo conversado. A pesar de tanto tiempo pasado, a pesar tantas palabras vertidas, de tanto amor y tanta poesía, te tengo miedo. Eres el enemigo y, en cuanto algo se me escape que no te guste, volverá la escena del malentendido y nos alejaremos un poco más.

Como todas las mañanas me levanto con miedo. Pero no es miedo a perderte, sino a estropearlo todo en el último instante.

Supongo que es un miedo que solo perderé cuando ya todo esté estropeado y sea imposible volver atrás. Y como todas las mañanas pienso, espero, deseo, que no sea hoy.


Deixis en fantasma

Aquello.
No eso.
Ni
-mucho menos- esto.
Aquello.
Lo que está en el umbral
de mi fortuna.
Nunca llamado, nunca
esperado siquiera;
sólo presencia que no ocupa espacio,
sombra o luz fiel al borde de mí mismo
que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve,
ni el sol marchita, ni la noche apaga.
Tenue cabo de brisa
que me ataba a la vida dulcemente.
Aquello
que quizá hubiese sido
posible,
que sería posible todavía
hoy o mañana si no fuese
un sueño.

(Ángel González)

martes, 22 de julio de 2014

El teorema Cero

Nos estamos muriendo, aquí, entre publicidades intrusivas y mentirosas, calculando entidades esotéricas que tienen vida propia y se nos escurren entre los dedos.

Preferimos que no nos toquen, que no nos agobien con los plazos de las descargas, que no nos hagan salir de casa. Todo se derrumba cuando no acertamos, excepto esta manía de hablar de nosotros mismos en plural, como si así se espantara la soledad.

Quizá pueda demostrarse el teorema Cero, siempre hay alguien empeñado en hacerlo, y todo se resuelva en nada. Si sólo se vive esperando el final de la película, pasan inadvertidas las tramas, los ambientes asfixiantes y la locura estrepitosamente cuerda del protagonista no sirve, efectivamente, para nada.

Siempre queda ser una herramienta, compartir con otras el trabajo y la evasión, aceptar los consejos sobre el amor de un niño de quince años y desear volver a una playa en la que no termina nunca de ponerse el sol.

Nos necesitamos, estamos conectados de alguna manera, confía en mí, pero los principios marcan la línea que se sigue después y ella tiene que irse, desolada, porque las decepciones atacan con más fuerza que la ilusión de la que provinieron.

Respiremos hondo. Estamos esperando una llamada que no llegará nunca. Nadie pulsará nuestros números y, cuando descolguemos, vaciará en nuestros oídos la verdad, ese sentido de la vida que tanto nos empeñamos en buscar y que nunca aparece cuando se le necesita.

No es necesario tener sentido para existir. No hace falta un gran plan del universo para vivir. Estamos aquí. Pero hay que despreocuparse del teléfono.

No nos gustan las fiestas porque no sabemos dónde ponernos. En realidad, cualquier sitio es el nuestro.


Septiembre, 22

Me dices que es absurdo el universo,
que la vida carece de sentido.
Pero no es un sentido lo que busco,
cualquier explicación o una promesa,
sino el estar aquí y a la deriva:
una simple botella que en la playa
aguarda la marea.
Sí, la palabra justa es abandono:
una dulce renuncia que me nombra
señor y dueño al fin de mi camino.
Queden hoy para otros
los afanes del mundo, y que mi mundo sea
la magia de esta casa
tomada en su quietud por la penumbra,
saber que nadie llegará
a interrumpir mi tarde,
que no habrá sobresaltos,
ni voces, ni horas fijas,
porque ahora es tan sólo transcurrir
mi gran tarea.

(Vicente Gallego)

viernes, 18 de julio de 2014

Nebraska

¿A dónde vamos? Nadie lo sabe con certeza, al fin y al cabo, es la gran pregunta de cada ser humano.

Pero yo, que sí que lo sé, cuando lo digo, me dicen que me han engañado, que no he ganado ningún premio, que soy muy terco.

Mis hijos no me comprenden. Mi mujer, muchísimo menos. Pero es que yo sé lo que quiero y me da igual que parezca imposible.

Para conocerse mejor, hay que desprenderse del entorno cotidiano. Porque más allá de tus cosas es donde empiezas a estar tú.

En eso se divide el mundo, en las dos mitades: incrédulos y ruines. Unos no creen en mi premio, y los otros asoman su pico de buitres para sacar tajada.

Muchos son los miedos que nos acompañan, pero uno de los peores es el de no haber sido nadie, no haber alcanzado nada de lo que uno se propuso. Tengo que dejarle algo a mis hijos porque si no ¿quién he sido?

Los hipnotizados que miran la tele prefieren no sentir la muerte en los talones, no saben lo que ocurre cuando la propia memoria nos pone en entredicho. Y qué decir de mis hijos, de mi mujer, esos perfectos desconocidos.

Es amargo el camino, pero agridulces son los pasos que se van dando. Hay que perseguir los sueños. Nunca se sabe suficiente de camionetas ni compresores, ni nunca se sabe con certeza el amor, de donde viene, cuando aparece, por qué.

"¡Dos días has tardado! Ni que hubieras venido marcha atrás", le dijeron, y yo también tenía prisa. Ya no.



Proyectos de futuro

Esta tarde soy rico porque tengo
todo un cielo de plata para mí,
soy el dueño también de esta emoción
que es nostalgia a la vez de los días pasados
y una dulce alegría por haberlos vivido.
Cuanto ya me dejó me pertenece
transformado en tristeza, y lo que al fin intuyo
que no habré de alcanzar se ha convertido
en un grato caudal de conformismo.
Mi patrimonio aumenta a cada instante
con lo que voy perdiendo, porque el que vive pierde,
y perder significa haber tenido.
Ya no tengo ambiciones, pero tengo
un proyecto ambicioso como nunca lo tuve:
aprender a vivir sin ambición,
en paz al fin conmigo y con el mundo.

(Vicente Gallego)

miércoles, 19 de marzo de 2014

Psicoanalizar lo escrito

Nadie es completamente libre, nunca. Lo entiendo, lo comparto, incluso, me parece lógico y sensato. La libertad es una falta de conciencia, un derroche de ingenuidad, que necesitamos tanto como el aire.

Lo contrario no es sentirse esclavo, sino vigilado. Si hay que meditar cada palabra que se escribe en función del efecto impredecible que puede causar, la tinta se seca, se resquebraja dentro del bolígrafo, y cuando por fin se posa sobre el papel inmaculado, no quiere salir.

Si cada sueño requiere una explicación, mejor no soñar. Si cada cuento necesita una moraleja, mejor no contar. Si cada verso es oprimido por su rima, por su métrica, por su metáfora, entonces habrá que dejar que se muera la poesía.

Yo no podría, nadie, resistir un sicoanálisis estricto y continuo, sin pedir a gritos que me encerrasen bajo muchas llaves en un manicomio.

Claro que es vanidad hablar de mí mismo, de ti, pero es una vanidad necesaria. Claro que hay alfileres dispuestos a pinchar en los dedos de quien quiera apretar el devenir de los renglones.

Pero ni es vanidad lo escrito, ni de alfileres está hecho el material de los sueños con que escribo.

No es psicoanálisis lo que persigo, no es herrumbe lo que propongo. Sino exorcismo.



HUECOGRABADO

Igual que no es ningún genio quien sospecha
que la lentitud venenosa de un otoño
tiene por testigo final a cualquier calle
la tinta de este papel también es la tinta última
y en la improbable forma con que consiga
abrazarme a su mentira jamás podrá
ser más cierta la vida. Pues no
porque se repitan hasta la fatiga
dejo de saber que mis poemas no son más
que los retratos de unos penúltimos suicidios,
el puño que si se abre todas las llagas
de la sombra tiene y también el corazón que suspira
por la sigilosa huida que se transfigura en las ventanas.
Que juntos quizá forman un instante solo y tenso
en lo rojo o en la noche, un pobre tiempo fiero
en el que el corazón aprieta y muerde para que después
la vida se descanse y con igual tristeza
retome mi cintura; instantes de derrotas
y de muros, desangelados arañazos o torpes ensayos
que con insistente timidez anuncian despedidas
estos mis ocres versos en silencio sabedores
de que si de la noche salgo no estoy
en ningún sitio.

(Santiago Montobbio)

domingo, 16 de febrero de 2014

Todas la mujeres

Escribir como terapia. Porque le he robado los novillos a mi suegro y me he liado con la becaria y me he acostado con mi cuñada y le he destrozado la vida a Marga.

Escribir como terapia contra las cosas que no pasan. Soñar en renglones derechitos para ir relatando lo torcido de los pasos, lo tortuoso del camino.

Porque hay cosas que no se hablan con una madre, hay cosas que no se avisan, hay verdades que sólo son enajenadas y transitorias.

Escribir como terapia, Eduard, porque tienes que madurar y dejar de evitar el conflicto que tienes enfrente. Tapar una mentira con otra no funciona, no sirve para nada echar en la hoguera las puertas y las ventanas.

Porque no es lo mismo no querer que no poder y mírame ahora estremecerme y fumar con mi vida veterinaria y rota por los sueños.

Escribir como terapia para no sufrir la escena del sillón vacío y reírse de las propias mentiras. Escribir como terapia para no dar un grito y pedir auxilio antes del naufragio final.

Porque gritar... Espera, sí, eso es, Eduard, eso es, pero deja que antes me eche un poco de agua en la cara. Gritar, abrir los pulmones, soltar el aire de golpe, dejar salir las lágrimas. Nada de escribir como terapia.

Es curioso, precísamente tú, a quien no conozco de nada, eres quien más me ha ayudado. Supongo que desde fuera todo se ve más sencillo.

Gritar como terapia. Y dejar de escribir.


CUANDO SUBES A LAS ALTURAS

Cuando subes a las alturas,
Te grito al oído:
Estamos mezclados al gran mal de la tierra.
Siempre me siento extraño.
Apenas
Sobrevivo
Al pánico de las noches.

Loba dentro de mí, desconocida,
Somos huéspedes en la colina del ensueño,

El sitio amado por los pobres;

Ellos
Han descendido con la aparición
Del sol,

Hasta humedecerme con muchas rosas,

Y yo he conquistado el ridículo
Con mi ternura,
Escuchando al corazón.

(Juan Sánchez Pélaez, Animal de costumbre, 1959)



NO ESTÁS CONMIGO

No estás conmigo. Ignoro tu imagen. No pueblo tu gran olvido.
Pasarán los años. Un rapto sin control como la dicha
habrá en el sur.
Con la riqueza mágica del encuentro, vuelve hasta mí,
sube tu silencioso fervor,
tu súplica por los viajes,
tu noche y tu mediodía.

Apareces.

Tu órbita desafía toda distancia.

Entonces, para iluminar el presente, tú y yo acariciamos
la llaga de nuestro antiguo amor.

(Juan Sánchez Pélaez, Animal de costumbre, 1959)

jueves, 23 de enero de 2014

Rebajas

Para tiempos de crisis, está visto que no hay nada mejor que bajar los precios. Gracias a esa técnica, hay quienes se interesan por artículos, nuevos o no tanto, cuyo precio inicial era prohibitivo para la mayoría de los bolsillos.

Venderse barato es la mejor estrategia. Pero no sólo hay que bajar el precio y estar siempre disponible, sino que se trata también de poner buena cara ante la demanda, aunque ésta no sea todo lo frecuente que a uno le gustaría. Halagar a la compradora enseñando la buena calidad del paño. Descubrirle como resalta la prenda sus ojos vivos, sus pechos suaves, su piel de terciopelo.

Impregnarse de su perfume celestial para seguir imaginando, cuando la tienda esté fuera del horario comercial, que hay interés en comprarte, que existe la impaciencia de llevarte puesto. Añadir a las palabras comunes que señalan el tipo de tela y su comportamiento en la lavadora, instrucciones de uso insistentes y sinceras: quédate, bésame, abrázame.

Y reír si ríe la cliente, y llorar si llora. Y preocuparse de su desánimo tras la certeza de toda rebaja ya experimentada. Y rozarle las manos con el corazón y acariciarle el corazón con las manos.

Por supuesto, debe ajustarse a la legalidad vigente. La bajada del precio no puede hacerse mintiendo ni en la calidad del producto, ni en la necesidad que uno tiene de venderse ganando algo a cambio, ni en el fervor del deseo de ofrecerle algo hermoso. Y naturalmente, dejar bien patente que puede descambiar la prenda a su antojo si, una vez en casa, no es de su agrado lo que ve en el espejo.

Es conveniente no dejar nada al azar y rematar la oferta con facilidades de pago. Inventar un pequeño abono diario o semanal y no reclamarlo a la fecha prevista de cargo, sino esperar a que ella misma se decida a hacerlo efectivo en el momento que mejor le parezca.

Practicar la humildad de no creer que uno es artículo de firma y abolengo, sino que cada quien vale lo que le cuesta a quien te compra. Convencerse de que el valor exacto que marca tu etiqueta es un número abstracto y arbitrario. En todo caso, se mide por las ganas que tengan de tenerte en su armario y las veces que eligen que cubras su silueta.

Me vendo barato, estoy de rebajas, porque es la mejor estrategia para los tiempos de crisis. Tiempos de crisis que escucho desde el otro lado del teléfono, tiempo de miedos que se coleccionan desde hace ya mucho, tiempos de incertidumbre que me hacen sentirme un par de tallas más pequeño y más anticuado.

Me vendo barato con la esperanza de que haya una clienta que "me lo quiten de las manos". Porque prefiero vivir alrededor de un torso adorable y espumoso, aunque me cueste entrar al mareo de las lavadoras, antes que seguir caro, frío, solitario, muriéndome de piel tras el cristal absurdo de cada escaparate.



DIFICULTADES

A Emilio Porta

Lo más difícil es que el corazón
recorra su distancia sin heridas,
que el tiempo tenga besos suficientes
entre las páginas del libro que hace piedra la Historia.
Lo más difícil es
que las fotografías rocen sin abrasar
las horas degolladas,
acaricien sin daño
los encajes oscuros de las horas que fueron.
Lo más difícil es que la rutina sirva para tejer
una canción de cuna
que adormezca y abrigue los caballos sin alma del olvido.
Lo más difícil es que nuestros versos
rescaten hoy de nuevo la canción más oculta, sin sangrar,
sin hacer de la vida cotidiana un esperpento.
El resto es siempre fácil, sucede simplemente.

(Enrique García Trinidad)



COMO EL OLVIDO...

"Fui donde el Ángel y le dije que me diera el librito.
Y me dice: Toma, devóralo; te amargará las entrañas,
pero en tu boca será dulce como la miel-." (10.9)

Como el olvido,
como las lágrimas y el sueño
que ya no se recuerda.
Así de amargo
el libro y cuanto en él se escribe
con la sangre.
Igual de amargo que este tiempo
que pasa como un trueno sobre el mar
y la tierra,
sobre la espalda de los hombres.
Como el dolor que no entendemos,
como el cansancio de la risa.
Igual que esta certeza que nos rompe
la voz y la cintura,
el recuerdo del barro,
la nostalgia de haber sido una lágrima fecunda.
Páginas vegetales que alimentan
las horas de la tarde,
cuando todas las cosas
ponen el corazón en cuarentena.
Letras amargas como el dorso
de una mano apoyada
sobre una puerta que cerró el recuerdo.

Pero en la boca,
dulce sospecha de esperanza,
pie que se acerca por la espalda
para dejar su beso sobre el cuello.
Dulce como la sombra
del verso que jamás escribiremos.

(Enrique García Trinidad)

miércoles, 22 de enero de 2014

Soñar con tatuajes

Cuando tú me lo enseñabas, el tatuaje me parecía precioso, lleno de color y de vida. Una especie de flor, cuatro pétalos, en amarillo y rojo. Una flor chiquita y delicada dibujada a un lado de la cadera, apenas asomando por encima del bañador.

No te veía la cara, pero sabía perfectamente que eras tú. Al darte la vuelta en la playa (¿playa o cama?, no recuerdo nítidamente) el efecto se desvanecía y aparecía en tu espalda un enorme dibujo verdoso, dragón o caballo, que te la cubría casi por completo. No recuerdo más que la sensación de vacío en el estómago y la náusea que me embargaba cuando intentaba extender el dedo para tocar aquello que, al menos, eso parecía, ni siquiera tú sabías que llevabas.

Entonces desperté con un desconsuelo impropio de tan inocente imaginación. Un desconsuelo genérico que, poco a poco, conforme iba volviendo a la consciencia, se iba concentrando en mi vientre hasta que, pasado un rato, se disolvió tan misteriosamente como vino.

He buscado lo que puede simbolizar, pero no consigo encontrar un significado claro. Si el tatuaje es propio, parece ser un indicio de vanidad, un impulso interno de distinguirse de los demás. O la necesidad imperiosa de mantener vivos los recuerdos, los momentos mágicos o los errores que creemos haber cometido.

Parece que hacer a alguien un tatuaje es una muestra de inconformismo y que hay que fijarse bien en la figura concreta que sale en los sueños. Con todo esto, sí, se podría elaborar alguna clase de explicación, alguna pista coherente de por donde van las pesadillas.

Pero lo que no parece importante en los diccionarios de sueños son las emociones. La admiración de la belleza que se convierte luego en algo parecido a la repugnancia, me tiene completamente intrigado.

Acaso todo cansa. Acaso no, todo cansa, es rigurosamente cierto, lo sé. Puede que todos tengamos dos caras, como las monedas, falsas o no, y que mostramos una mientras escondemos cuidadosamente la otra. Quizá solo sueñe con caballos porque veo el sufrimiento en tu espalda de un tamaño inmenso en comparación con las alegrías que te esperan por delante.

Nunca antes se me había ocurrido indagar en las pesadillas, que son los únicos sueños que recuerdo. Para los otros, para los buenos, prefiero estar despierto. Y es verdad que hace tiempo que no te los escribo.

Por falta de costumbre, por cambio de registro, por ausencia de necesidad. O quizás es porque temo que mis mejores sueños te parezcan indicio de problemas y prefiero camuflar mis deseos entre fotogramas.



SUEÑOS

Anoche soñé contigo.
Ya no me acuerdo qué era.
Pero tú aún eras mía,
eras mi novia. ¡Qué bella

mentira! Las blancas alas
del sueño nos traen, nos llevan
por un mundo de imposibles,
por un cielo de quimeras.

Anoche tal vez te vi
salir lenta de la iglesia,
en las manos el rosario,
cabizbaja y recoleta.

O acaso junto al arroyo,
allá en la paz de la aldea,
urdíamos nuestros sueños
divinos de primavera.

Quizás tú fueras aún niña
-¡oh remota y dulce época!-
y cantaras en el coro,
al aire sueltas las trenzas.

Y yo sería un rapaz
de los que van a la escuela,
de los que hablan a las niñas,
de los que juegan con ellas.

El sueño es algo tan lánguido
tan sin forma, tan de nieblas...
¡Quién pudiera soñar siempre!
Dormir siempre ¡quién pudiera!

¡Quién pudiera ser tu novio
(alma, vístete de fiesta)
en un sueño eterno y dulce,
blanco como las estrellas!...

(Gerardo Diego)



TE DIRÉ EL SECRETO DE LA VIDA

El secreto de la vida es intercalar
entre palmera y palmera un hijo pródigo
y a la derecha del viento y a la izquierda del loco
conseguir que se filtre una corona real
Levántate cada día a hora distinta
y entre hora y hora
compóntelas para incrustar un ángel

Nada hay como un suspiro intercalado
y entre suspiro y suspiro
la melodía ininterrumpida

Déjame que te cante
la grieta azul y el intervalo.

(Gerardo Diego)