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sábado, 28 de noviembre de 2015

Lo que queda por decir

Lo que queda por decir es tanto o tan poco, tan importante o tan leve, tan cierto o tan falso como lo dicho. Y muy posiblemente, para quien tenga suficiente memoria, lo que queda por decir ya estaba dicho.

En esto se diferencia la literatura de la vida, en el final. La vida no tiene otro desenlace que la Gran Certeza, sólo consiste en su propia trama que transcurre por vericuetos difíciles y encrucijadas sorprendentes. No hay que decidir un final, porque ya se sabe; no se escoge el momento, sino que te atropella, siempre antes de lo que esperabas.

Pero un blog necesita algún párrafo redondo, una rima, un mensaje que quede resonando en el silicio y que ofrezca un final más digno que su principio.

El momento de terminar siempre es artificial y caprichoso. No es que no queden palabras que decir, sino que se aprende que no es el tiempo de decirlas, que repetirse es el peor de los pecados, que las miserias enaltecidas a supuesta literatura, como las caricias, acaban cansando.

A veces, se toma como excusa una cierta clase de compasión por las rimas que no llegaron a ninguna parte, o un extraño modo de la tristeza de haber llovido sobre mojado, o una especie de melancolía que incita a ponerse a cubierto de la intemperie.

Otras veces es la envidia la que pone sobre la mesa la necesidad de una huida hacia quién sabe dónde, o la precaución de no dejar un rastro visible en la nieve de los tiempos, o la incapacidad que un ser humano tiene para mejorar la criatura imaginaria que ha tenido entre las manos.

Lo más frecuente es que los finales los dicte el miedo. Un miedo inespecífico, pero palpable, atroz, a entrar en el lado oscuro de la fuerza y a perderse haciendo malabares livianos con palabras que pesan mucho.

Enfrentarse al final consiste, tan sencillo y tan difícil, en desmenuzar palabras interminables (gracias, adiós, suerte) en alguna clase de polvo minúsculo, verterlas en una cuchara de renglones rectos y añadirle azúcar para poderse tomar la medicina sin que el bálsamo quede amargo.

Lo que queda por decir es Gracias, un gracias infinito que se quede a modo de colgante. Lo que queda por decir es Suerte, una suerte que nos ayude a emprender deprisa todos los caminos que tenemos pendientes. Lo que queda por decir es Adiós; un adiós que no tenga nada que ver con el olvido.

Lo que queda que decir está envuelto en el deseo de que estas palabras que decirte al oído sirvan de talismán contra las noches de tormenta (somewhere only we know) y que no se conviertan en anécdotas que guardar para los postres.

Lo que queda por decir es Gracias, Adiós y Suerte. Tendría que decirlo muchas veces, por si con una no basta. Tendría que escribirlo con letras muy grandes que trascendieran el papel y pudieran leerse desde todas partes.

Y quizás tendría que acabar... Sí... Me temo que también, porque para quien tiene buena memoria todo es repetido, sería necesario terminar mirando a los ojos de este blog, cogiéndole con dulzura la cara y garrapateando con rabia un triste y desolado "me cago en la puta".

Pero prefiero terminar diciendo que me encantó soñar contigo. Me encantó...



Así sea

El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.

El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.

No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.

Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.

Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.

(Blanca Varela)




domingo, 16 de junio de 2013

Para siempre

Un diamante es para siempre, o eso dice la canción. Pero quizás sea lo único, porque todo lo demás acaba.

Todo lo demás acaba más tarde o más temprano; por el deber inexcusable que todos tenemos de morirnos, o bien por alguna clase de abandono voluntario, el amor eterno también se termina. Y, lo que es peor, enciende el odio.

Enciende el odio y desentierra el hacha y la metralla, y activa el mando a distancia de las minas que hemos ido sembrando mientras convivíamos tan ricamente. Ese cuadro te lo regalé yo, ese reloj nunca me gustó, yo puse un coche más grande, mira todo lo que te he aguantado o yo nunca te juzgué, son mordiscos que se van propinando, a veces con saña, y otras veces con apariencia mansa, y que acaban en citaciones airadas con acuse de recibo, más de acuse que de recibo, por supuesto.

Por supuesto, no importa excesivamente la intención de lo que dijiste, porque al fin, cada quien interpreta libremente todos los gestos de cada conversación. En el fondo, conversar es desentenderse porque, como dice el adagio, cuanto más se sabe, más se desconoce.

Más se desconoce y evitar la caída del trapecio o que te echen ácido en la cara, intentar que no manipule la mente otra mente desquiciada o salvar una ciudad o metérsela hasta el fondo a la rubia psicóloga que se viste de cuero en la terraza de las señales, da lo mismo. Al final, todo lo que uno hizo, se vuelve en áspero y punzante, como si la vida decidiera rozarse contigo a contrapelo.

A contrapelo y si bien parece que es triste lo que estoy diciendo, que nada es para siempre, tampoco hay que exagerar en la tragedia. Porque por la misma regla de tres, tampoco la tristeza lo es y se acaba, y vuelve el amor con otro nombre o desde otra piel.

Desde otra piel o con traje de superhéroe, nada es para siempre, nada "forever". A ver si alguien se lo explica a Batman y a Schumacher. Nada es para siempre pero, desgraciadamente, hay cosas que, aunque no sean para siempre, duran mucho más de lo que deberían durar, Jim Carrey. ¡Qué pesadito te pones tan vestidito de verde!

"Habla sólo sobre lo que amas", me dijeron, "y no digas ni una sola palabra sobre lo contrario, si quieres que lo primero dure para siempre". Pero es que no sé si hablar es la fórmula, el secreto, la cuenta pendiente.

Además, de lo que amo, tampoco puedo hablar más que por señas que nadie en el mundo entiende. Ese "nadie" ahora sí que es una lástima terrible y no son para tanto los dichosos "para siempre" que tienen que venir y desvanecerse.



Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

(Idea Vilariño)





Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto,
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.
Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.
Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.
Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.
Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente...

(Idea Vilariño)

lunes, 20 de mayo de 2013

Contigo hasta el final

Porque todo acaba
-incluso
los sueños de morfeo-,
contigo hasta el final.

Descalza
en mitad de la noche exacta,
pequeña
sobre el escenario redondo del mundo,
exenta de tacones,
envuelta en humo,
un vestido simple que te resbala,
el pelo que cae liso
libre por la espalda,
una voz, música de viento,
y dices
lo quieres decir, por fin,
tormenta
que amenazó tu corazón
y luego dudas,
y cantas
como quien se arrepiente.

Porque todo acaba,
contigo hasta el final,
vámonos,
gritemos que triunfó el amor,
aunque seamos los penúltimos
y sólo lágrimas
-tan distintas, tan parecidas-
ganen el festival.



A LA MISTERIOSA

Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo
y besar sobre esa boca
el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto he soñado contigo,
que mis brazos habituados a cruzarse
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,
y tal vez ya no sepan adaptarse
al contorno de tu cuerpo.
Tanto he soñado contigo,
que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie,
con mi pobre cuerpo ofrecido
a todas las apariencias
de la vida y del amor, y tú, eres la única
que cuenta ahora para mí.
Más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios, que los primeros labios
y la primera frente que encuentre.
Y frente a la existencia real
de aquello que me obsesiona
desde hace días y años
seguramente me transformaré en sombra.
Tanto he soñado contigo,
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado
de tu sombra y de tu fantasma,
y por lo tanto,
ya no me queda sino ser fantasma
entre los fantasmas y cien veces más sombra
que la sombra que siempre pasea alegremente
por el cuadrante solar de tu vida.

Robert Desnos, versión de Francisco de la Huerta, 1926)

jueves, 2 de mayo de 2013

Lo que nunca he escrito

La verdad es que no sé cómo empezar este texto, aunque -y esto es raro en mí- ocurre que es de las poquísimas veces en las que sé exactamente lo que quiero decir.

Quizás lo mío no son los principios y tampoco sea necesario el entreacto de los párrafos para saber lo que digo. Seguramente es porque siempre prefiero dejar lo que más me gusta para postre. Una manía, una marca, una elección continua. Una de esas pocas verdaderas libertades que tenemos los seres humanos. Como la de encender la tele o dejarla apagada al llegar a casa, como desayunar antes de hacer la cama o viceversa, o cualquier otra combinación de intrascendencias que hacer con las llaves o con la vestimenta.

Estoy divagando, lo sé, quizás aún no se vislumbre siquiera eso que tengo necesidad de decir hoy. Sí, he usado la palabra correcta -otra manía impenitente la de atrancarme en los significados exactos, aun sabiendo perfectamente que no hay nada más inexacto que un significado-. Sí, necesito ser capaz de decir algo que, creo recordar, nunca digo y, sin embargo, tantas veces me quedo con ganas de decirlo que a veces me parece que es imposible que nadie lo sepa.

Un cierto pudor empapado en soberbia me lo impide. Esa otra manía inútil de no querer estorbar ni interrumpirle a nadie la vida, porque tiempo es lo único que tenemos y no quiero estafarle a nadie ni un sólo minuto. Y es que me puede esa vanidad absurda de rechazar cualquier regalo que huela a acto compasivo o a alguna de esas cosas que, bien entendidas, empiezan por uno mismo.

Así, por encima, debo haber escrito en los últimos años unos mil textos. Sí, sorprende la cifra, por lo menos a mí. Supongo que deben suponerse unas cuatrocientas mil palabras, más o menos. Da lo mismo porque, si añadimos lo hablado en ese mismo tiempo, empiezan a salirme decimales por todos lados.

He escrito sobre casi todo lo que se puede escribir, hasta sobre algunas cosas que ni siquiera merecía la pena pasarlas a limpio. Recuerdo haber escrito también sobre todo aquello que no se escribe y, sin embargo, nunca he sido capaz de decir que te quedes cinco minutos más conmigo.

O por lo menos, no recuerdo haberlo dicho ni escrito; aunque si bien mi memoria no es mala -vamos, que no me quejo en lo más mínimo de su rendimiento-, también es cierto que no levanta actas certificadas y que su exactitud es verdaderamente caprichosa e interesada algunas veces.

Le estoy dando vueltas -quizás precisamente ese sea el objetivo- porque, ahora, de repente, noto que me está subiendo la vergüenza al pensar lo que voy a dejar aquí escrito. Uno nunca acaba de conocerse y, cuando ya casi parece tenerse dominado, no sé, algo sucede, la vida vacila un momento, y te ves diciendo cosas que nunca te habrías imaginado que saldrían de tus dedos. Ni en voz alta, ni tan siquiera, como aquí, bajito y al oído.

Ni siquiera sé cómo terminar este desastre hecho renglones. Y eso que, seguramente, lo mío son los finales -o eso me dicen los amigos- que siempre se me quedan redondos, como círculos que se cierran y se quedan retumbando en el oído. No se me ocurre cómo acabar esta disfunción literaria en la que me he metido.

Sé que aquí acaba este texto y que mi silencio nunca tiene nada de atractivo. ¿De qué sirve un renglón en blanco, de qué sirve un párrafo vacío? Ni siquiera sé si al final he conseguido escribir lo que hoy necesitaba escribir. Y si lo he hecho, seguro que está escondido, como deseando, puerilmente, que te pase desapercibido. "Inútil" debería ser el título de este intento de complicidio.

Pero por si acaso lo he conseguido -y fuese mentira-, no hace falta que digas nada. Sólo déjame que añada... por favor.




ASALTO

Suave y firme tu mano.
No tembló tu corazón; era un instante
de calma y superficie
en tu voz como plata con arena
y en la húmeda pizarra de tus ojos.

Ha sido ahora, ausente,
cuando el tacto recuerda una caricia
y sangre adentro va tu aroma alzando
el oleaje y quema tu piel de oro.

Sufro extrañado en esta mano nueva
con su emoción de almendro,
que late y crea al recordar. La paso
por los objetos de costumbre: el hierro,
la madera, el cristal, la lana -tuyos-
y una descarga eléctrica de rosas
los hace carne viva.

(Dionisio Ridruejo)

sábado, 23 de marzo de 2013

Corta historia de amor

Como en una pequeña historia de amor, al principio no sabes de dónde viene, ni cómo ha aparecido. Suele suceder que nadie se explica nada, que solo se siente, que se está como fuera del mundo y del tiempo. Que en un sólo rostro sucede todo lo que importa.

Luego nos hacemos adolescentes que juegan, como en una corta historia de amor, con gestos incontenibles y palabras desmesuradas para la edad que se tiene. Vienen sueños revueltos, se imagina y se inventa, las leyes de la física no tienen validez. Y el azar se pone de nuestra parte y nuestra parte pone los dos pies en el día de mañana.

Nos vamos conociendo irremisiblemente, jóvenes alocados que se toman la sensatez como píldoras de la realidad que nos decepciona. Aprendemos cuánto vale un sí, lo poco que dura; y cómo duele cada no y la longitud de su eco. Dejamos un pie en mañana, el otro queremos que pise hoy y casi nunca se logra. Pero, como en una tierna historia de amor, todavía manda la inconsciencia de seguir el camino hasta donde nos lleve.

Adultos ya, dejamos de esperar y queremos que llegue todo ahora. Pedimos cuentas, exigimos resultados, aplicamos leyes contables que no habíamos escrito o, si hay suerte, suscribimos tratados de no agresión. Como en una trágica historia de amor, descubrimos la infidelidad de no haber sido quienes creíamos ser. Pintamos la verdad con lágrimas y rabia, la gran estafa del mundo nos transforma en cínicos cuando descubrimos que algunos sueños duelen más que la realidad.

Y luego todo es recordar o perder la memoria, retrasar el deterioro, sobrellevar la impotencia. Ancianos que esperan lo irremediable deseando que tarde en llegar, cuando todo lo que se mastica sabe a ceniza, cuando, como en una antigua historia de amor, se nos infecta aquello que no hicimos y que ni siquiera sabemos por qué.

Recostados sobre el ayer, asustados por el goteo de aquello que se nos va yendo y ensordecidos por el torrente de todo lo que ya no llegará, sólo queda pedir que el tercer acto sea rápido y nos dé tiempo, una vez, por fin, a tener las riendas. Como en una amarga historia de amor, nos gusta legar a quienes nos importan eso que ya no nos importará, eso que ahora nos preguntamos si realmente era lo que importaba.

No sé bien de qué te estoy hablando. Porque confieso que hay ratos en los que no sé distinguir si nuestra vida es una corta historia de amor o si es que nuestra corta historia de amor es la vida. Ni consigo aclararme si la edad que tenemos es la que creemos tener.

Aunque te digo que esto: saber bien lo que me espera, tener la certeza de que, aquello que durante tanto tiempo se deseó alcanzar, luego pasa como un soplo y se acaba con amargura, es el antídoto que empleo contra la impaciencia.

Ese antídoto que tú me pides y que, en el fondo, no quisiera darte. Porque es, precisamente tu impaciencia, ese hueco en el que siento que mi corazón late con más fuerza. Con tanta que, a veces, se me olvida tomarme la pastilla.




LO QUE PUEDA CONTAROS...

Lo que pueda contaros
es todo lo que sé desde el dolor
y eso nunca se inventa.

Porque llegar aquí fue una larga sentina,
un extraño viaje,
una curva de sangre sobre el río,
mientras todo era un grito
y ya se perfilaba resuelto en latigazos
el crepúsculo.

Las historias se cuentan con los ojos del frío
y algún sabor a sal y paso a paso
-lengua y camino-
porque la sangre se nos va despacio,
sin borbotón apenas,
desmadejadamente por los labios.

Las historias se cuentan una vez y se pierden.

(Javier Egea)