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lunes, 21 de septiembre de 2015

Supongo que estoy exagerando

Aparentemente, la idea es brillante, tentadora. Tanto, que me he quedado pensando en ella.

Envejecer hasta los ochenta y tomarse la vida como un juego de equipo en el que sólo hay que pasar la pelota sin mirar a la canasta. Ni botarla, no nos vaya a rebotar luego. Mirar desde la ventanilla del tren el mundo como una panorámica.

Abrirse los chacras con una imposición de manos descreída, aplicarse una fina capa de metacrilato y dejarse rodar por las escaleras. Y si toca bailar, se baila. Y si no toca, pues no se baila.

Pasarse un paño levemente humedecido para apartar el polvo y tener visión de primera fila en el tercer acto de la obra, pero sin voz. Endurecer el oído a base de agua oxigenada y acolcharse el corazón entre capas de poliuretano.

No hiperventilar, no rebelarse, no meterse en líos. Terminar los que ya se han emprendido --por aquello de no perder el nobel de la responsabilidad tantas veces merecido--, y no maquinar ilusiones a terceros, ni siquiera para aquellos cuya póliza siga vigente.

La idea es muy tentadora: en lugar de desvivirse, inhibirse. En vez de hundirse en cada sinvivir de los que nos vienen llovidos del porvenir, habituarse a un convivir tibio con la conformidad. Como un dejarse llover a cubierto, como un prescindir del delirio cuando se anda muerto de sensatez. Brillante estrategia, sin duda.

Y, sin embargo, a pesar de todas las ventajas... No sé... No termino de verlo. 

Será que veo demasiado largo el huerto que me queda por cavar y me parecen pocas lágrimas para tanto riego. Será que mirarme en un sólo espejo me parece una cárcel sin barrotes. Será que una única brújula es poco equipaje para un viaje sideral.

¡Quizás si fuese obligatorio para todos! Pero es que también hay fuegos que apagar allá por donde vamos pasando, y se acercan vecinos con sótanos inundados que nos obligan a retorcer las mantas. También vienen -y esas son las que más me cuestan- despedidas pendientes de tramitar que te dejan sin palabras.

No lo veo... Pero no me hagas caso porque, desde que huí del invernadero, tengo el termostato roto. Será este recorrer los bares sin parar de encontrar vasos tan medio vacíos y medio llenos que me dejan intacta la sed.

Será que me extraña querer romper mi metacrilato delante de quien quiere envolverse en uno. Será que ya he entendido que no saldré vivo del laberinto. Será que estar solo no es mi país definitivo, aunque acabará siendo mi mausoleo.

En fin, que no lo veo y que tampoco sé explicarme mejor. Decirte, solamente, que para ese viaje concreto no cuentes conmigo.

Supongo que --ahora que leo todo junto mi alegato--, estoy exagerando un poco. Pero es que voy aprendiendo, quizás demasiado lentamente, que es de eso de lo que se trata.


Vals de aniversario

Nada hay tan dulce como una habitación
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,

si no es esta ligera sensación
de irrealidad. Algo como el verano
en casa de mis padres, hace tiempo,
como viajes en tren por la noche. Te llamo

para decir que no te digo nada
que tú ya no conozcas, o si acaso
para besarte vagamente
los mismos labios.

Has dejado el balcón.
Ha oscurecido el cuarto
mientras que nos miramos tiernamente,
incómodos de no sentir el peso de tres años.

Todo es igual, parece
que no fue ayer. Y este sabor nostálgico,
que los silencios ponen en la boca,
posiblemente induce a equivocarnos

en nuestros sentimientos. Pero no
sin alguna reserva, porque por debajo
algo tira más fuerte y es (para decirlo
quizá de un modo menos inexacto)
difícil recordar que nos queremos,
si no es con cierta imprecisión, y el sábado,
que es hoy, queda tan cerca
de ayer a última hora y de pasado

mañana
por la mañana...

(Jaime Gil de Biedma)



Happy ending

Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.

Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.

(Jaime Gil de Biedma)



Suertes

Azar no es arrojar una moneda al aire.
Ni siquiera esperar el cara o cruz..
Azar es atrapar la moneda en el aire
y huir sin dejar rastro.

(Jorge Boccanera)

lunes, 14 de septiembre de 2015

Chicago

A cada edad que transitamos, nos dejamos medio mundo fuera. Trozos que se quedan sin entender, sin vivir o, simplemente, sin saber siquiera que estuvieron ahí.

De niño me decían que era demasiado pequeño para entender lo que pasaba. Ahora recuerdo todo aquello que se me quedó sin vivir cuando fui creciendo. Y aún me espera un trago largo en el que el vértigo me pase por encima y me arrolle sin saber ni cómo ni por qué.

Quizá es que nuestro sitio siempre está en el pasado, cuidadosamente retenido en una memoria que nos miente y nos protege de los delirios. Porque, de aquellos años de destierro, en la charla animada de unas cervezas, contamos con sonrisas en la boca una multitud de anécdotas hilarantes.

Detalles que en sí mismos no tienen demasiada gracia para quien los escucha desde fuera, porque su valor consiste en lo común de haberlos vivido; naturalmente, desde diferentes ojos y diferentes esquinas, aunque de la misma plaza.

Pareciera que áquel era nuestro sitio, aun cuando nos alegramos de haber salido enteros de aquella larga temporada de días monótonos puestos en fila. Pareciera también que ahora nuestro único sitio es recordar que lo fue, y que, después de cerrar los bares, se desintegraran a la vez estos y aquellos momentos sin dejar ni el más mínimo residuo de polvo.

Luego visitamos Chicago, que es otra ciudad en la que somos forasteros. Coleccionando miradas ajenas y moviendo vasos con hielo en la manos, se hace un turismo estático, como si estuvieses sentado en la estación viendo llegar e irse viajeros. Pero las estaciones no son el sitio de nadie, sólo un tránsito hacia lugares menos inhóspitos.

Supongo que tenemos un lugar en el mundo, pero a mí siempre me pilla en otro lado, en otra gente, más allá. Quizá esté en Maine o en cualquier otro sitio lejos de mi casa. Quizás mi casa nunca ha sido mi casa, por mucho que me empeñe en cambiar los muebles de sitio y los cuadros de pared. Quizás mi lugar en el mundo sea no estar en el mundo de nadie, sino sólo en mi mundo, solo en mi mundo, que es un mundo errante que se mueve conmigo.

Aunque también podría ocurrir que no tengamos un único lugar, sino muchos, uno distinto para cada alguien que nos acompaña en un tramo del viaje, y nuestro verdadero hogar sea una mudanza y un idioma en el que hacerla.

Quiero creer que hay un lugar en el que quepo, quiero creer que se mueve con mis pies y con mis manos, quiero pensar que en ese lugar también cabes tú.

Aunque hay noches en que temo que ese lugar sea tan pequeño como un sofá, y que esté tan a la intemperie que solo podamos hablarnos al oído.


Ningún lugar está aquí o está ahí...

Ningún lugar está aquí o está ahí
Todo lugar es proyectado desde adentro
Todo lugar es superpuesto en el espacio

Ahora estoy echando un lugar para afuera
estoy tratando de ponerlo encima de ahí
encima del espacio donde no estás
a ver si de tanto hacer fuerza si de tanto hacer fuerza
te apareces ahí sonriente otra vez

Aparécete ahí aparécete sin miedo
y desde afuera avanza hacia aquí
y haz harta fuerza harta fuerza
a ver si yo me aparezco otra vez si aparezco otra vez
si reaparecemos los dos tomados de la mano
en el espacio
donde coinciden
todos nuestros lugares

(Oscar Hahn)




Televidente

Aquí estoy otra vez de vuelta
en mi cuarto de Iowa City

tomo a sorbos mi plato de sopa Campbell
frente al televisor apagado

la pantalla refleja la imagen
de la cuchara entrando en mi boca.

Y soy el aviso comercial de mí mismo
que anuncia nada a nadie.

(Oscar Hahn)